Eduar Garza
Hay políticos que, cuando llega la crisis, elevan la voz para ocultar su pequeñez. Otros descubren en la dificultad el escenario perfecto para incendiar el ánimo público, señalar enemigos y convertir el miedo en votos. Juan Vivas ha elegido otro camino. Ante una de las situaciones más graves vividas por Ceuta en su historia reciente, no ha amenazado, no ha alentado la confrontación ni ha utilizado el sufrimiento de su ciudad como combustible partidista. Ha pedido ayuda.
Parece poco, pero dice mucho.
El presidente de Ceuta ha hablado de una situación caótica e insostenible. Ha reclamado socorro, auxilio y solidaridad al resto de España a través de quien dispone de las competencias y los recursos para actuar: el Gobierno de la nación. Lo ha hecho con firmeza, pero también con respeto institucional. Ha denunciado que la respuesta fue tardía e insuficiente, aunque sin romper la lealtad que debe existir entre administraciones cuando está en juego la seguridad de los ciudadanos.
Vivas no ha confundido moderación con debilidad. Tampoco ha confundido contundencia con estridencia. Ha demostrado que se puede decir la verdad sin gritar, exigir sin insultar y denunciar sin convertir cada desacuerdo en una guerra civil de palabras.
Lleva al frente de Ceuta desde 2001. Veinticinco años en el poder no convierten a nadie en un buen gobernante por sí solos. La permanencia también puede nacer de inercias, errores colectivos o falta de alternativas. Sin embargo, conservar durante un cuarto de siglo la confianza de una ciudad tan compleja, diversa y expuesta como Ceuta obliga, al menos, a reconocer que algo ha debido hacer bien.
Frente a su actitud aparece la respuesta de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno calificó la entrada masiva de inmigrantes como un ataque y una violación de la integridad territorial de España. Son palabras de enorme gravedad. El problema surge cuando, después de pronunciarlas, se evita señalar cualquier responsabilidad del Estado desde cuyo territorio se produjo la entrada y se agradece a Marruecos su cooperación.
Si España ha sufrido un ataque contra su integridad territorial, convendría explicar quién lo permitió. Porque las fronteras no se desbordan por generación espontánea, menos aún cuando decenas de miles de personas atraviesan en pocas horas una zona sometida al control de dos Estados.
Las mafias existen y explotan la desesperación humana. Culparlas de todo, sin preguntarse cómo pudo producirse una movilización de semejante magnitud ante la aparente pasividad de Marruecos, resulta demasiado cómodo. Las mafias pueden organizar, engañar y lucrarse, pero no controlan las fuerzas de seguridad marroquíes ni deciden cuándo una frontera se vigila y cuándo deja de vigilarse.
Conviene recordar, además, que los inmigrantes no son un ejército enemigo. Muchos son víctimas de la miseria, del engaño o de la manipulación. Defender la frontera no obliga a perder la humanidad. Un Estado puede utilizar a miles de seres humanos como instrumento de presión sin que esos seres humanos dejen de ser víctimas. La responsabilidad debe buscarse en quienes convierten su desesperación en un arma política, no en quienes se aferran a cualquier promesa de supervivencia.
El verdadero problema de Ceuta, por tanto, va mucho más allá de la inmigración. España ha dejado una parte esencial de la seguridad de su frontera en manos de un país que no reconoce nuestra soberanía sobre Ceuta y Melilla. La cooperación con Marruecos es necesaria. La dependencia es peligrosa. Cuando la protección de una frontera depende de la voluntad de quien discute su legitimidad, la cooperación deja de ser una alianza entre iguales y empieza a convertirse en una capacidad permanente de presión.
Pedro Sánchez no es responsable de que Marruecos sea un vecino difícil. Sí lo es de la forma en que España se relaciona con él.
No puedo saber si Sánchez teme a Mohamed VI. Nadie puede entrar en la conciencia de otro hombre. Lo que sí podemos observar es una política exterior que actúa como si ese temor existiera: el giro sobre el Sáhara comunicado primero por Marruecos, el cuidado extremo para no atribuir responsabilidades a Rabat y la ausencia prolongada de Felipe VI en Ceuta y Melilla.
Tras reunirse con Juan Vivas, el rey se ha comprometido a visitar Ceuta. El Gobierno afirma ahora que el viaje se producirá «cuando sea oportuno». La expresión parece prudente, pero encierra una pregunta incómoda: ¿quién decide cuándo resulta oportuno que el jefe del Estado visite una parte del territorio nacional?
Felipe VI no necesita ir a Ceuta para provocar a Marruecos. Necesita poder ir porque Ceuta es España. Su presencia no debería interpretarse como un desafío diplomático, sino como un acto ordinario de normalidad constitucional. Si la visita del rey español a una ciudad española depende de que Mohamed VI no se sienta molesto, entonces el problema no está en el viaje, sino en la capacidad de veto que hemos concedido a otro Estado sobre nuestros propios símbolos.
También aquí el comportamiento del monarca ofrece un contraste. Felipe VI ha expresado preocupación e indignación, ha hablado con el Gobierno, con la oposición y con los presidentes de Ceuta y Melilla, y ha reclamado una respuesta unida, clara y firme. No ha invadido competencias ni ha utilizado la Corona para alimentar el enfrentamiento. Ha mostrado cercanía sin abandonar su función constitucional.
Juan Vivas ha pedido ayuda sin humillarse. Felipe VI ha mostrado su apoyo sin excederse. Ambos han entendido que la defensa de España no exige gritos, sino convicción, serenidad y sentido de Estado.
Pedro Sánchez parece haber elegido otra prudencia: la que mide cada palabra según la reacción que pueda provocar en Rabat. Quizá se trate de diplomacia. Quizá sea miedo. Tal vez estemos ante una forma de sumisión preventiva, esa que no necesita recibir órdenes porque ha aprendido a anticiparlas.
La moderación es una virtud cuando sirve para contener la ira y proteger la convivencia. Deja de serlo cuando se utiliza para encubrir la renuncia. Juan Vivas ha demostrado que se puede ser moderado sin agachar la cabeza. Ahora corresponde preguntarnos si el Gobierno de España está defendiendo una relación de cooperación con Marruecos o si, poco a poco, ha aceptado que la soberanía española se ejerza solo cuando Mohamed VI concede permiso.
Y tú… ¿qué opinas?
Soy Eduar Garza y te invito a pensar conmigo.
