Chicho: la grandeza de habitar en el corazón de los demás

📅 08 de septiembre, 2026
Eduar Garza

Eduar Garza


No soy muy amigo de compartir en las redes sociales los fallecimientos familiares. Creo que el dolor pertenece a ese territorio íntimo en el que las palabras casi siempre llegan tarde y nunca son suficientes. Sin embargo, en esta ocasión siento que debo hacerlo. No solo porque ha muerto alguien cercano, sino porque ha muerto un gran hombre y algunas vidas, aunque hayan transcurrido lejos de los focos y del reconocimiento público, merecen ser contadas.

Ha muerto Chicho, como lo bautizamos familiarmente en España cuando vino a visitarnos. Su verdadero nombre es Antonio Evidio Cabrera Carballo, aunque para nosotros siempre será Evidio o, sencillamente, Chicho.

Vivió siendo una persona profundamente querida, pero si alguien lo quiso casi como a sí misma, además de su madre, María, fue la mía, fue mi madre. Aquel amor de hermana, alimentado durante tantos años por la memoria y la distancia, terminó contagiándoseme también a mí.

Yo llegué de Cuba en 1970, cuando faltaba menos de un mes para que cumpliera cuatro años. Vine con mis padres, mis abuelos paternos y mi hermano. La familia de mi madre tenía previsto reunirse con nosotros en España unos meses después, pero no pudo ser. Las puertas se cerraron y ellos se quedaron en Cuba.

Así es la vida. Nosotros tuvimos una oportunidad. Nadie nos regaló nada y hubo que trabajar mucho para salir adelante, pero tuvimos la posibilidad de prosperar y construir otro futuro. Ellos no disfrutaron de esa misma oportunidad. Aun así, progresaron cuanto pudieron en un país maravilloso, condenado durante demasiado tiempo por un gobierno opresor y vergonzoso.

Chicho se enfadaba cuando escuchaba a alguien decir que Cuba era un asco. Replicaba, con toda la razón, que Cuba no era un asco; el asco era el gobierno que tenía. Se lo escuché durante su estancia en España, hace ya algo más de veinte años. Sin embargo, tardó más de dos semanas en atreverse a hablar abiertamente de Cuba.

Necesitó tiempo para comprender que aquí podía decir en público lo que pensaba sin temer represalias. Hay silencios que no nacen de la prudencia, sino de tantos años de miedo que terminan confundiéndose con la propia manera de respirar.

He dicho que Evidio prosperó, pero esa palabra puede resultar demasiado cómoda para explicar lo que hizo. Él no esperó a que las circunstancias se volvieran favorables. Removió cielo y tierra para sacar adelante a su familia, a fuerza de trabajo, sacrificio y perseverancia y, por su puesto, lo consiguió.

No hace mucho logró reunir en Estados Unidos a casi toda su familia y ofrecerle la posibilidad de una vida que el régimen cubano les había negado durante décadas. Imagino que para él aquello fue mucho más que cambiar de país. Fue vencer, al menos en parte, una injusticia demasiado larga. Fue abrir para los suyos la puerta que tantas veces había encontrado cerrada.

Muchas cosas le debo, incluso algunas que quizá nunca pude agradecerle. Me gusta pensar que mi facilidad para el deporte también tiene algo suyo porque, desde que apenas conseguía mantenerme en pie, él ya me entrenaba para convertirme en el mejor jugador de béisbol de Cuba.

No tuvo demasiado tiempo para conseguirlo: yo me marché antes de cumplir los cuatro años. Pero aquella imagen suya enseñándome a jugar permaneció conmigo como permanecen esas primeras semillas cuyo origen olvidamos, aunque sigan creciendo dentro de nosotros.

Durante toda mi vida, mi madre me habló de él. Me habló de su bondad, de su integridad, de su honestidad y del amor incondicional que sentía por su familia. La distancia física nunca consiguió volverlo distante porque hay personas que saben permanecer incluso cuando están a miles de kilómetros.

Para mí siempre fue un referente y eso resulta especialmente significativo porque nunca he sido una persona de ídolos. No suelo buscarme en personajes famosos ni he sentido la necesidad de parecerme a quienes alcanzan la fama o el reconocimiento.

Mi espejo estuvo siempre mucho más cerca de mis raíces, aunque se encontrara geográficamente lejos. Yo me miraba en Chicho. Quería tener su entereza, su bondad, su sentido de la responsabilidad y aquella voluntad inagotable de luchar por los suyos. Si alguna vez tuve un ídolo, fue él.

Ahora se ha ido en paz, sin hacer ruido, mientras dormía. Se marchó con la misma serenidad que, a lo largo de su vida, procuró regalar a cuantos tuvieron la suerte de conocerlo.

Se ha ido un grande. No fue famoso ni apareció en los periódicos. Probablemente su nombre no diga nada a la mayoría de quienes lean estas palabras, pero la verdadera grandeza no siempre tiene estatuas, titulares o calles dedicadas. A veces consiste simplemente en trabajar sin descanso, sostener a una familia, no renunciar a la dignidad y conseguir que quienes nos conocieron sean un poco mejores gracias a nosotros.

No hay gloria mayor que habitar en el corazón de los demás y Chicho, de eso no me cabe ninguna duda, seguirá viviendo en muchos corazones.

Os aseguro que en el mío también.